lunes, 13 de agosto de 2012
LA BELLA BERNARDINA
Yo conocí una dama,
llamada Bernardina
visible cual la llama,
de noche en la colina.
Todos los mozalbetes,
soñaban con la bella
los dimes y birretes,
cruzaban se por ella.
Un jurado tenía,
compuesto bueno sea
por su madre y su tía,
y el cura de la aldea.
Aquel triunvirato,
jurídico asesor
juzgaba al candidato,
que aspiraba a su amor.
Mas de cien pretendientes,
tuvo en sus mocedades
y algunas procedentes,
de altas sociedades.
Poro el lúbrico cerco,
mantuvo siempre en raya
aquel pronostico y terco,
Tribunal de la Haya.
Tantas observaciones,
hacían al sujeto
que en virtudes y dones,
ninguno era completo.
La joven ya no puede,
disolver el conjunto
y el conjunto no cede,
en su misión ni un punto.
Y el purpúreo carmín,
entre galanes tanto
marchitote y al fin,
quedase a vestir santos.
Y la gente decía,
a mí, no se me crea
que el santo que vestía,
fue el cura de la aldea.
Para el paso a la Gloria,
la adoptó por sobrina
y así pasó a la Historia,
la bella Bernardina.
José Sancho Rodríguez.
SR. D. RAFAEL ROMERA
Hola señor Secretario,
de con versación razonada
y de estilo literario
que a todo el mundo le agrada.
Nunca creí de ofenderte,
con mimos de cachondeo
para tener que meterte
en serio politiqueo.
La tuya no me molesta,
lo puedes creer así
conocía tus repuestas,
por que te conozco a ti.
Cosas fueran de mujeres,
y de pronostico grave
el decir lo que tú eres
ante un pueblo que lo sabe.
Político con irrumpido,
con varios cambios de emblema
está ya tan pervertido,
que no sabe otro tema.
Me complace que me andes,
achacando cosas banas
a que miserias tan grande
le llamas dichas humanas.
Pues mi pensamiento vuela,
con perdidas o ventajas
por encima de esa estela,
de pretensiones tan bajas.
Y es su único afán,
y su único reposo
vivir del sabroso pan,
fruto del trabajo honroso.
Sepas que tranquilo vivo,
ni envidioso ni envidiado
y sin el menor motivo,
para ser un amargado.
Porque en todo el corazón,
que no cabe la perfidia
no se alberga la traición,
ni se congela la envidia.
Tras de tanto ambicionar,
comprenderás que es muy duro
tenerse que contestar,
con ser desgraciado puero.
Ni desgracia te prevengo,
no molestar al portador
pesadumbre tengo,
porque la tuya es mayor.
Para gastar alpargatas,
no te quiebres la cabeza
y me dices con bravatas
que tienes puesta la mesa.
Pues come y ponte robusto,
que yo estoy muy satisfecho
y de tu pluma me asusto,
por la carrera que has hecho.
La mía su edición cierra,
por no quitarle estos planes
y tú si quieres más guerra,
vete con los alemanes.
Estor verso son del Poeta Sancho en repuesta
a unos versos que le escribió Rafael Romera.
José Sancho Rodriguez
domingo, 22 de abril de 2012
POR MOTIVOS QUE NO SÉ. (soneto)
Yo nací de la pobreza coronado,
no fue en el pesebre del Mecía
pero sí, en una choza sucia y fría,
y el canasto del pan desocupado.
Crecí por la miseria amedrentado,
el recuerdo me hiere todavía
y a me Dios le juré que moriría,
con tan inocuas causas sublevado.
Yo quisiera saber hacer poemas,
de los prados, los ríos y otros temas
que el ánimo plebeyo dan la calma.
Y poder desterrar cierta tristeza,
que el espectro cruel de la pobreza
me dejó tatuado sobre el alma.
José Sancho Rodríguez.
LA ENVIDIA
Envidia tengo al sol de la mañana,
sólo porque penetra en tu aposento
e ilumina tu rostro soñaliento,
cuando escala sus rayos tu ventana.
Tu sueños y caricias se desvana,
y a tu convulsionado movimientó
él tulecho invade ttibio y lento,
y sin que tú lo adviertas te profana.
Del rubicundo Apolo quién tuviera,
el dulce previlegio de abrazarte
acariciar tu rubia cabellera,
desvanecer tus sueños y despertarte.
Tener perpetuidad en tal ventura,
sin mermar en tu rostro la hermosura.
José Sancho Rodríguez
sólo porque penetra en tu aposento
e ilumina tu rostro soñaliento,
cuando escala sus rayos tu ventana.
Tu sueños y caricias se desvana,
y a tu convulsionado movimientó
él tulecho invade ttibio y lento,
y sin que tú lo adviertas te profana.
Del rubicundo Apolo quién tuviera,
el dulce previlegio de abrazarte
acariciar tu rubia cabellera,
desvanecer tus sueños y despertarte.
Tener perpetuidad en tal ventura,
sin mermar en tu rostro la hermosura.
José Sancho Rodríguez
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